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Comisario, el asunto está en
el sótano, fueron las palabras que escuchó decir a su subordinado cuando se
acercó a la casa. Al entrar en la casa, otro policía con el semblante serio y
demacrado, le indicó la dirección con un simple movimiento de cabeza. Antes de
pisar el primer escalón, ya sabía que no estaba bajando al sótano, si no al
mismísimo infierno, y fue al llegar al último, cuando el olor a vómito, orina,
fluidos corporales y, el olor ferroso de la sangre, mezclados con el de la
humedad del lugar, se lo confirmaron. Instintivamente comenzó a hiperventilar
por la boca. Nunca se acostumbraría a aquello. Los focos de los técnicos
forenses habían convertido aquel antro sin ventanas, en un cuadro luminoso con
un solo motivo, horror y muerte. Sobre un colchón desvencijado y sucio, yacía
el cuerpo semi desnudo de una joven. Un cuerpo masacrado y cubierto de cortes,
tan profundos, que la sangre que había traspasado el colchón, había formado una
gran mancha en el suelo. Un cuadro que ya había visto en otra ocasión, en otro
lugar, en otro tiempo.
Lentamente, como si aquellos
escasos minutos que había permanecido en el sótano, le hubieran convertido en
un anciano, comenzó a ascender de nuevo. Al llegar al final de la escalera
pensó, que abajo dejaba el infierno, pero sabía que el diablo estaba arriba.
—¡Inspector, ayúdeme! Otra vez
me quieren incriminar. Yo no había estado nunca en esta casa. He recibido una
llamada, y al entrar me he encontrado con… con la muchacha muerta. ¡Tiene que
creerme!
Aquellas palabras detuvieron
sus pasos a solo unos metros del detenido. Aquel hijo de puta, lo tenía todo
pensado, estaba seguro de que en este caso tampoco habría pruebas que lo
incriminaran, al menos de forma contundente. De nuevo comenzó a caminar hacia
el detenido. Este, esbozó una sonrisa y movió los labios de forma expresiva. Lo
tuvo claro, aquel desgraciado había dicho «duda razonable». Siguió acercándose
hasta que estuvo a un metro, sacó su pistola y sin decir palabra le descerrajó
un tiro en la frente.
No, esta vez no habrá duda
razonable. Fueron las palabras que el policía que custodiaba al detenido,
escuchó decir a su inspector antes de que este le entregara la pistola.