EL PIANO


Llevaba dos horas de viaje. La suave llovizna, que caía desde hacía un rato, le había hecho pulsar el limpiaparabrisas en modo intermitente, y la estaba poniendo nerviosa. Decidió parar a tomar un café. Conocía el pueblo de haber parado otras veces, pero nunca lo había hecho en aquel restaurante. El aparcamiento estaba vacío, y aprovechó para dejar el coche próximo a la entrada. Así, no tendría que buscar el paraguas en la guantera.

Una rápida mirada, le confirmó lo que había deducido antes de entrar, solo una mesa con dos clientes estaba ocupada. Saludó al camarero con un “buenas tardes” y pidió un café con leche. Largo de leche y corto de café, “en vaso grande ¡por favor!”. El hombre le devolvió el saludo y se giró hacia la cafetera que tenía justo a la espalda.

Fue al dejar de oír el ruido de la máquina, cuando se percató del sonido suave que surgía, a través de la puerta entreabierta, del salón contiguo. Había vuelto la cabeza hacia allí, y no sé dio cuenta de que el camarero le hablaba, hasta que no le tocó el brazo.

—Le decía, si quiere algo más, y también, si lo desea, puede pasar al otro salón para escuchar mejor la música.

Ella, con la voz quebrada, apenas pudo pronunciar un “no gracias”. Se tomó el café sin saborearlo y dejo un billete de cinco en el mostrador. Al abrir la puerta, oyó al camarero darle las gracias por la propina. Al salir, las gotas de lluvia se mezclaron con las lágrimas que caían de sus ojos. Reemprendió la marcha maldiciendo la lluvia, ahora más fuerte, y su parada en aquel restaurante, y cuando llegó a su destino, hora y media más tarde, lo hacía de aquella maldita música al piano.

Poco a poco, a lo largo de la semana, había ido olvidando el incidente de su viaje de ida, pero hoy tocaba el de regreso, y mucho antes de que sonara el despertador, el sueño ya la había abandonado, y un mal estar le rondaba durante toda la mañana. Antes de emprender el viaje, se prometió a sí misma no pensar en el asunto, y por supuesto no parar en aquel pueblo. Pero conforme iba recorriendo kilómetros, su pensamiento volvía una y otra vez a aquellas notas al piano. 

Fue al ver la señal que indicaba la salida a quinientos metros, cuando comenzó a disminuir la velocidad, y a los cinco minutos se encontraba aparcando en el mismo restaurante. Esta vez, sin acercarse al mostrador, entró directamente al salón. La oscuridad era casi absoluta, solo el piano estaba levemente iluminado. Sin pensárselo, se acercó y paseó suavemente sus dedos por el teclado.

—Puede tocarlo, si lo desea.

Se sobresaltó y un escalofrío recorrió su cuerpo. No esperaba que en la oscuridad hubiera alguien. Pero al instante comprendió que no eran las palabras las que la habían  alterado, si no el tono de voz. ¡Aquel, si o desea! ¡Era él! Su mente le indicaba huir de allí, desaparecer, pero su cuerpo se quedó inmóvil durante unos segundos. Segundos en los que él se levantó, y se fue acercando hacia ella.

—Perdone que esté tan oscuro. Yo no necesito la luz.

Entonces se fijó en su cara. Unas gafas negras cubrían sus ojos.

—Si lo desea puedo encender las luces del salón —dijo el hombre dirigiéndose hacia la puerta de entrada.

Ella, todavía nerviosa, también se había desplazado hacia la salida, y un poco más segura al saber que él no la podía ver, se atrevió a hablar.

—No, gracias, no es necesario. Ya me iba.

Entonces él, extendió los brazos, al tiempo que decía:
—¡María! ¿Eres tú?

Las manos de él se movieron torpemente, hasta encontrar el rostro de la mujer.

—¡María! No te vayas, ¡por favor! Tengo tanto que contarte.

Ella, le retiró las manos antes de que notara las lágrimas que comenzaban a brotar de sus ojos. Él, a pesar de su ceguera, se dirigió rápidamente hasta el piano, y la música inundó todo el local.

Cuando ella salió del restaurante, el sol había desaparecido del horizonte. Había intentado salir corriendo, huir, pero su cuerpo no le respondió. Poco a poco fue acercándose hasta el piano. Él le cedió un sitio en la banqueta. Sus manos, temblorosas al principio, fueron cogiendo ritmo junto a las de él. Entre canción y canción, él le fue explicando como su mundo se había derrumbado al perder la vista. No se sentía capaz de volver a su vida de antes, y lo abandonó todo para marcharse lejos. Fue estando aislado del resto del mundo, que comenzó a teclear con los dedos, a pesar de no tener piano, a recordar canciones completas. Fue la música la que poco a poco le devolvió las ganas de vivir de nuevo. Pero cuando regresó, ella no estaba, y la ciudad le resulto extraña, vacía.   Comenzó entonces un camino sin rumbo, hasta que un día por casualidad, chocó con aquel piano, que ahora tocaban juntos, y decidió quedarse.

Se habían despedido con un fuerte abrazo. Él le preguntó al oído si volvería. Ella, de forma coqueta, le contestó que tal vez.

Ahora, en el coche, mientras veía pasar los puntos kilométricos que le iban acercando a su destino, sabía que no muy lejos en el tiempo, reharía aquel camino en sentido contrario. 

EL SICARIO


¡Hola! Me llamo Pepe Gilberto, ¡uy! Un momentín, que voy a tachar el apellido, ya saben por eso de la privacidad. Soy sicario, aunque a mí, me gusta más decir asesino profesional, lo de sicario lo veo como más… violento, sangriento, sin escrúpulos. En realidad soy albañil, pero desde la crisis del ladrillo, he tenido que ir reciclándome. Primero fui de buzón en buzón repartiendo propaganda, pero aquello era de andar mucho. Luego empecé en paquetería, aquí andar no se anda, pero hay que conducir de un lado para otro, y terminaba más mareado que una perdiz. Lo de vendedor a domicilio también lo probé, pero se parecía demasiado al buzoneo, y encima nadie compra ya al que llama a la puerta, se han acomodado a comprar por internet y que lo traiga el de paquetería. ¡Ah! Se me olvidaba, también trabajé de cajera, perdón cajero, en Merca… mejor no digo el nombre, por no hacer publicidad, pero tuve que dejarlo por prescripción facultativa. El médico me dijo que eso de estar todo el día moviendo la cabeza, viendo pasar cada producto, me producía trastorno neuronal. Algo así como que mis neuronas estaban todo el día de partido de tenis, voy y vengo, voy y vengo, y no lo soportábamos ni ellas ni yo. En fin, que dándole vueltas a un trabajo y otro, y viendo lo que los asesinos profesionales cobran en las pelis, pues decidí este último trabajo.

Pero quiero aclarar una cosa, la gente se cree, que porque eres sicario y te pagan, puede elegir la forma de como tienes tú que matar a quien ellos quieren. ¡Pues no! Al menos en mi caso no. 

Quiero que parezca un accidente dentro de la bañera a las seis en punto, me dice un cliente, Y yo pienso… y si a las seis no le da por bañarse… Además que si es una mujer guapa y bien puesta, pues uno hace lo que sea para convencerla de que se dé un bañito y… ya va siendo más fácil hacerlo. Pero, y si es un caballero de esos que cuando se quitan la ropa son todo menos caballeros, pelos por aquí, michelines por allá, bueno por todos los lados. ¿Quién se pone delante con toda la desfachatez del mundo y le obliga a desnudarse? ¡Yo no! Os lo puedo asegurar. 

Hace cosa de año y medio, me suena el teléfono:

-¡Hola!

-¡Hola! ¿Es usted… 

Era la voz de una mujer pero no terminaba la frase.

- Sí, dígame.

-¿Es usted… 

Vuelve a dudar y para que no cuelgue le ayudo. 

-Sí soy yo –le digo sin reparo, y añado.- Si quiere matar a alguien dígamelo.

Debí facilitárselo mucho, pues inmediatamente y de corrillo dijo:

-Quiero que mate a mi suegra   envenenándola con algo que sufra, sufra y sufra”

Mira no pude seguir escuchándola, colgué. ¡Qué mala es la gente! Matar a su suegra envenenándola. Sí, ya sé que hay suegras que se lo merecen, pero de ahí a hacerlo. Y encima con saña… ¡que sufra, sufra y sufra!
El deseo de otro cliente: “Quiero que parezca un suicidio, que se haya colgado de la barandilla del salón”. Claro, como si fuere tan sencillo hacer que alguien se suba por su santa voluntad a una silla con la cuerda al cuello. Hombre si consigues que antes se tome unas cuantas copas y luego piense que es un juego… pues a lo mejor te sale bien. Pero y lo desagradable que es. Según tengo entendido, a la pobre víctima se le sueltan los esfínteres, vamos que se hace todo encima. ¡Calla, calla! Menudo pastel para la persona que se la encuentre, y los polis: ¿Es asesinato o suicidio?  y el forense: ¡Es una mierda!

Y los que me piden que simule un suicidio con un tiro en la sien. Vamos que te presentas allí en casa de alguien, entras sin que te vean, que ya es difícil, llegas hasta el salón, el dormitorio o el despacho, según la ocasión, y le dices a la pobre víctima:  toma esta pistola y sáltate la tapa de los sesos ahora mismo. ¡Vamos calla! Con lo desagradable que es obligar a la gente a hacer algo, y encima que sea pegarse un tiro. ¡Qué no! Que no es mi forma de trabajar. Que yo soy más… no sé cómo explicarlo, pero así no lo puedo hacer.

Aunque he de decir que hace dos semanas me salió bien el trabajo. Quedo con el tipo, un hombre elegante, un buen despacho, la mesa ordenadita. Me enseña el sobre, doce mil euros, nada para despreciar, y propone el asunto: matar al hijo de su novia, que según él, no quería que su mamá se casara con otro. ¡Bueno! Casi lo normal para mi oficio. Yo le doy el visto bueno, y él saca una foto de la víctima. La cojo, la miro y  pam, pam, pam… tres tiros a bocajarro, pues no quería el desgracio que me cargara a un chiquillo de unos diez años. Creo que es la única vez que no he dudado de hacerlo, y tampoco de cobrar, salí raudo y veloz con el sobre de los doce mil euros en el bolsillo. 

Esta mañana mismamente, he recibido un mensaje de un antiguo compañero de clase. El muy ca… cabrito me dice que quiere que su mujer muera lentamente mientras duerme. Será ruin, que hace apenas tres años bebía los vientos por ella, y ahora quiere deshacerse de la pobre muchacha sin que ella se entere de nada. Como yo le dije por teléfono: “desgraciao si no la querías no haberte casado con ella”.

Vamos, que me estoy planteando cambiar de oficio, porque lo de sicario creo que tampoco es lo mío.

POCO FUSTE

El personaje de este texto podría ser un vecino de mi pueblo, o de cualquier pueblo de España, pero os puedo asegurar que nada más lejos de la realidad, pues solo es fruto de unos cuantos ratos sin dormir y otros escribiendo.


“POCO FUSTE”

Paco Fuste era a todas luces un hombre normal, ni alto ni bajo, ni delgado ni grueso. Con el pelo ondulado, o sea, entre liso y rizado, y por supuesto castaño. Pero Paco Fuste tenía una cualidad que le había servido para identificarlo del resto de sus paisanos, su forma de ser y actuar. Solo una letra había sido necesaria para que su nombre de pila se transformara en su apodo. Y es que Paco, era conocido en su pueblo, y en varios de la alredorá, como “Poco fuste”

Habría sido un niño normal, con roña las rodillas en verano y  mocos en la nariz en invierno, si no llega a ser porque ya, de vez en cuando, solía actuar de forma bastante  extraña. Como cuando lo veías venir del colegio, con su cartera bajo el brazo, un día de fiesta o de vacaciones, o cuando le preguntábamos: ¿Te vienes a jugar al fútbol? Y él contestaba: No, es que no tengo balón, llevándolo alguno de nosotros en la mano, y qué decir de cuando decidíamos jugar al "pillao" y él buscaba un lugar donde esconderse. Sí, recuerdo que fue una de esas ocasiones, cuando comenzó el cambio que daría lugar a su mote. Aquel día, llevábamos un buen rato jugando a pillarnos y nos dimos cuenta de que él no estaba, comenzamos a buscarlo y lo encontramos detrás de una esquina al final de la calle, ahora no recuerdo quién, pero nunca olvidaré sus palabras: “pero qué haces ahí escondido poco fuste”. Fue en ese mismo momento cuando todos decidimos, sin ni siquiera habérnoslo planteado cambiar la “a” de Paco por la “o” de Poco.

Paco Fuster creció como todos nosotros, y un buen día desapareció. Unos decían, ya se sabe cómo somos en los pueblos, que se había muerto, otros que se había ido a un país lejano, y lo más avispados, que sus padres lo habían enviado a un colegio interno para que dejara de hacer y decir aquellas cosas tan raras, vamos sin fuste. Pero volvió, volvió adolescente perdido, con pelusilla en el bigote y voz de pito a veces, y ronca otras. O sea, que volvió más crecido y con menos fuste, claro está.  Y empezamos a olvidarnos a ratos del balón o la bici, y a pasear con las chicas, y por supuesto, a emparejarnos . Y aquí he de decir que la mayoría, si no todos, envidiábamos a Paco, no por el apellido claro está, si no por su porte, sus facciones casi perfectas. Vamos, que él traía de calle a todas las chicas, y nosotros casi a ninguna. Pero ahí estaba su apodo “Poco fuste”  un día estaba saliendo con una chica y al día siguiente nos decía que ya la había dejado. Nosotros le decíamos que era tonto, pero en el fondo nos alegrábamos, otra más para poder conquistar.

Pasaron los años, y el que más y el que menos, fue consolidando alguna de aquellas parejas que formamos. Todos menos “Poco fuste” que sigue soltero y que yo sepa, sin compromiso. Sigue soltero, pero sigue con sus cosas, sus rarezas, vamos que si hace sol, él saca el paraguas, y cuando llueve suele utilizar un bastón. Que hace frío, mangas de camisa, que hace calor, pues chaquetón. Si en verano, lo ves en la terraza de una heladería, veras que tiene el helado al sol. Que hay campeonato de fútbol, pues hoy va con un equipo y mañana ya cambió. No me digan que no tiene bien puesto el apodo, y con razón.

Sin ir más lejos, la semana pasada, vísperas de San José, Fallas en Valencia, nos juntamos todo el grupo y decidimos ir a pasar el día allí. Pues no sale con que allí habría mucha gente, y él se iba a ir a Madrid, vamos como si en Madrid no hubiera gente. Está claro, el muchacho, el fuste solo lo tiene en el apellido.

LA CALLE OSCURA


La calle del diablo, de la muerte, prohibida… cuántos nombres tenía aquella maldita calle, pero lo más siniestro eran las historias que se contaban sobre ella. Era cierto, que la mayoría eran demasiado fantásticas para ser ciertas, pero de lo que no había duda, era que en aquella calle habían muerto demasiadas personas a lo largo de la historia, y eso hizo que poco a poco aquella calle fuera adquiriendo aquel halo nefasto que la rodeaba.

Estrecha y sombría por el día,  apenas ya nadie se aventuraba a travesarla, pero al llegar la noche, nadie que estuviera en su sano juicio osaba siquiera acercarse a la entrada o salida, según se mirara desde un lado u otro de la misma. Era tal el miedo de los vecinos, que hasta los animales domésticos rechazaban pasar por ella, y era normal verlos rodarla, e  incluso los osados gorriones evitaban sobrevolarla.

Entonces, qué hacía yo allí, plantado en su entrada y mirando hacia su interior, como si algo me llamara la atención, allá en lo más profundo de la oscuridad. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral, y abandoné el lugar lo más rápido que me lo permitieron las piernas. Solo cuando había recorrido una veintena de metros volví a detenerme. ¿Por qué huía?  ¿Por qué ese miedo? Me pregunté. Sin pensármelo desanduve mis pasos hasta llegar de nuevo al inicio de la calle. Encendí un cigarro, mientras observaba las señales que a lo largo del tiempo, las gentes habían ido marcando en las esquinas que le daban acceso. Varias cruces de distintos tamaños, en negro unas, en el color de la sangre otras, manchaban con mayor o menor intensidad el blanco de las paredes. Sentencias de muerte, advertencias, unas casi desdibujadas, otras tan recientes como si las hubieran acabado de escribir. Alguien, con dotes de artista, había esbozado una virgen con la serpiente a sus pies. Tanto era el miedo que aquel rincón imprimía en los habitantes del pueblo, que en el suelo se podía ver una gran cruz escarbada en la tierra.

Acabé el cigarrillo y me puse a caminar, esta vez de forma pausada. Mi mente comenzó a buscar los recuerdos. Si no me fallaba la memoria, la primera muerte que había registrada, fue hacia mediados del siglo XVIII, creo recordar que el año fue 1749. El pueblo amaneció con un vecino menos. Apoyado en la pared, no muy lejos de la entrada donde yo había estado fumando, apareció muerto un labriego. Al parecer, era ilógico que estuviera en aquella calle, pues su casa estaba en la parte opuesta del pueblo. Era la primera que está recogida en un texto, pero debió haber  otras antes, pues ya en el escrito la nombran como la calle “maldita”.

No pasaron demasiados años, cuando en una casa que había a la parte alta, una niña de no más de doce años tropezó en el escalón que había para salir a la calle, la mala suerte hizo que se golpeara en la cabeza y falleciera al día siguiente. Después de aquello,  los pobres padres de la niña, tapiaron la puerta y las ventanas de la vivienda, y le dieron salida a otra calle.

En el siguiente suceso, el más sangriento, los muertos se contaron por decenas, eran tiempos de guerra. Franceses y españoles se midieron las fuerzas en ella. Los primeros, confiados, se adentraron en formación. Los segundos, los nacionales, les habían preparado un emboscada y a pedradas, golpes de porras, navajazos, y hasta con los dientes acabaron con el grupo de invasores. La sangre de unos y otros terminó por teñir de rojo el suelo. Si no hubiera sido por los uniformes, hubiera sido difícil diferenciar a los muertos.

¿Cuánto tiempo había pasado?, diez, veinte años, y otra muerte extraña, sangrienta, traía al recuerdo de los habitantes del pueblo las anteriores, y de nuevo, el miedo, un poco olvidado, a pasar por ella volvía a instalarse en los vecinos.

Mujeres, muchachas casi niñas, muertas en desagradables circunstancias. Hombres, jóvenes o viejos, que había osado acortar el camino y desafiar las maldiciones aparecían de cuando en cuando muertos en aquel corto trayecto marcado por cuatro esquinas.

Seguía caminando, y el recuerdo de algunas de aquellas muertes me iba introduciendo un frío intenso en lo más profundo de mi cuerpo. Un niño, de pocos meses que apareció, en brazos de su madre también sin vida. Aquel tullido, que según las marcas, había recorrido media calle saltando sobre su única pierna, y que acabó boca abajo con la cabeza abierta a menos de diez metros de la salida. Aquel hombre rudo, malcarado, al que muchos temían y que apareció encogido, abrazado a sus propias piernas, con claras señas de haber llorado y sueltas las tripas.

¿Qué ocurría en aquella calle? Nadie,  ni siquiera los entusiastas de los fenómenos extraños, esos que de vez en cuando aparecían por el pueblo, con grabadoras de imagen y sonido, habían conseguido descifrar el misterio, el maleficio, la casualidad… la maldita casualidad que daba lugar a tanta muerte.

Sigo caminando, el silencio de la noche, solo roto por el sonido de mis pausados pasos, y el ladrido lejano de algún perro. Sigo caminando y recordando muertes ilógicas, inexplicables… La última, no hacía todavía tres años. Una pareja de jóvenes, dieciocho años recién cumplidos ella, dos más él. Poco después de anochecer, alguien los había visto paseando por calles céntricas del pueblo. Al día siguiente, fríos, abrazados y muertos. Las malas lenguas, siempre tienen algo sobre lo que hablar, pero según los que los encontraron, allí, entre aquellos dos cuerpos solo había amor. Amor hasta la muerte.

Sigo caminando y de pronto… el silencio de la noche, es tan espeso que ni mis pasos lo rompen, me detengo a escuchar, el perro también ha dejado de ladrar. Algo extraño pasa a mi alrededor, que no acierto a entender. Me detengo, y no reconozco el lugar. De pronto, un escalofrío intenso recorre mi cuerpo. Me hallo en mitad de la maldita calle ¿Cómo he llegado aquí? Intento pensar fríamente, pero sigo paralizado. Un olor desagradable, que no acierto a reconocer flota en el aire. Avanzo dos pasos, pero un ruido a mi espalda me hace girar.  Intento hablar, pero la voz no sale de mi garganta. Intento ahuyentar el miedo que me agarrota y vuelvo a caminar, ahora de espaldas hacía la salida que había elegido. Tropiezo, la caída me produce un ligero escozor en la rodilla, que intento ignorar. Palpo el suelo, una piedra, de buen tamaño, me ha hecho perder el equilibrio, la cojo y me levanto. Tenerla en la mano, me hace sentirme un poco más seguro. Vuelvo a iniciar mis pasos hacia la salida, noto el dolor en la rodilla y la humedad de la sangre. Varios pasos más y habré salido de la oscuridad, de la calle.

5 meses después

A veces dudo, si no habría sido mejor morir en aquella maldita calle. Llevo casi cinco meses luchando con el absurdo, jurando y volviendo a jurar que yo no lo maté. Pero, quién va a creerme, si todo indica que aquel día, y en aquel momento solo estábamos él y yo. Sí, el que apareció muerto en un rincón de la calle y yo que para mi suerte, quizás mi mala suerte, conseguí salir con vida.

He dado mil vueltas a la situación, he intentado explicarles a todos, creo que ni mi abogado me cree, que el ruido que oí, debía ser aquel pobre desgraciado muriéndose. Que yo solamente, no vi nada, pero me asusté, que en mi huida, caí y me herí en la rodilla. Que las huellas de la piedra eran mías, sí, pero la cogí al caer para protegerme, pues había escuchado un ruido a mi espalda. Quién va a creerme, si la piedra, esa maldita piedra no lleva mi sangre, si no la suya.

Sí, al final, la calle oscura, la “calle Maldita” se cobró una vida, o quizás en esta ocasión, se haya cobrado dos.

EL JARDÍN DE LAS ROSAS


de la página del Real Jardín Botánico de Madrid




Acabó de cenar y salió al patio, habían pasado diez años,  pero recordaba aquella noche como si fuera la misma, la había recordado tantas veces, que nunca olvidaría ni los más pequeños detalles.

La vio allí tendida, como si aún estuviera sobre el lecho. Había conseguido echar a las vecinas, sabía que le criticarían por ello, pero aquella noche le daba todo igual, lo único que deseaba era estar con ella en silencio. Le había puesto el vestido de novia. Su madre le dijo que el vestido le haría falta a la niña en unos años, y él, encendido de rabia, le contestó que la niña vestiría otro. No quiso vestirla de negro, bastante la había visto enlutada por la muerte de sus suegros. Le soltó el pelo y lo extendió sobre sus hombros. Luego salió al patio y, una a una, fue cortando todas las rosas del jardín para deshojarlas junto a su cuerpo. 

Apagó los cirios, el olor a cera quemada le hacía sentir náuseas. Poco a poco, el olor de los pétalos fue anulando el de las velas. Su mente comenzó a viajar hacia atrás, recordaba el día que había vuelto, de ver cómo iba el campo para la siembra. La encontró con la azuela cavando en el patio.

- ¿Qué haces con esa herramienta? No ves que te vas a hacer daño –le dijo a modo de sorna.

Ella le dio un empentón, y siguió a lo suyo. Él le acarició la espalda y le sujetó los brazos, suavemente le cogió la azuela y se puso a cavar. Cuando cogió el primer rosal para plantarlo, no pudo evitar una maldición, se había clavado una espina en la mano. 

- Por eso no quería que lo hicieras tú, sabía que terminarías diciendo tacos.

Él, a modo de escusa, dijo que se había pinchado, y ella le enseñó sus manos, varias diminutas heridas enrojecían sus palmas.

-Yo todavía no he dicho ninguno.

Entonces él la cogió y la acercó hasta el cubo del agua, suavemente le lavó las manos y se las besó. Nunca más volvió a decir un taco cuando le ayudaba a podar los rosales, ella siempre bromeaba antes de comenzar la poda: 

- ¡Cuidado! Ya sabes que no te puedes pinchar.

- Pincharme sí, lo que no puedo es quejarme.

- Bueno, te dejaré que digas un pequeño ¡ay! –añadía riéndose.

Luego el llanto había nublado sus recuerdos, y se quedó sumido en un denso dolor un buen rato. No sabía cuánto tiempo había pasado, cuando notó que alguien abría la puerta de la calle. Su madre y su hija se recortaron a contraluz ante la entrada de la habitación.

- La niña quiere estar contigo –fueron las secas palabras de la abuela.

Él estiró el brazo a modo de afirmación, y su hija se acercó junto al lecho, en la sombra que proyectaba su madre sobre el suelo, notó una sacudida de la cabeza, la pobre mujer no entendía aquella situación. Poco a poco los pasos cansinos de la anciana se fueron alejando. 

- Dejaré la puerta de mi casa abierta, para cuando la niña quiera volver, mañana será un día largo para todos –aseveró desde el pasillo.

Después de un largo silencio, la niña se atrevió a hablar:

- ¿Está dormida? –preguntó.

Él, sólo atinó a contestar moviendo la cabeza, y apretando un poco más a su hija. Luego la niña le había dicho que se quería ir, la acompañó hasta la puerta, la abuela vivía al otro lado de la calle, apenas dos puertas más arriba.

Volvió a mirar la oscuridad de la noche, habían pasado diez años, pero… las estrellas, las  mismas estrellas iluminaban todo el patio. Ella no se encontraba en ninguna. Dio una onda calada al cigarrillo, el humo le escoció en los ojos y el pecho. Algún día dejaré de matarme con esta mierda, pensó una vez más antes de lanzarlo al suelo y pisarlo con fuerza. Entonces notó que la puerta del patio se abría tras él. Aquella niña de apenas diez años, se había convertido en toda una mujer. Solo ella, había impedido que él siguiera a su mujer. Se sintió cobarde al pensarlo, pero también dichoso al no haber abandonado a su hija.

- ¿Cuándo me lo vas a decir? –fueron las únicas palabras de la muchacha al acercarse.

- ¿Cuándo te voy a decir, el qué? –preguntó él, sin saber a qué se refería su hija.

- ¿En qué rincón está mamá? –añadió la muchacha agarrándose al brazo de su padre.

Un pequeño temblor comenzó a moverle el labio inferior, agarró a su hija rodeándola con el brazo. Temía que ella le llenara de reproches. Al final, con todo el cuerpo temblando sólo pudo decir:

- En el centro del jardín.

En ese momento los temblores cesaron, un gran alivio le llenó de paz.

- ¿Desde cuándo lo sabes? -preguntó.

La muchacha le contó, como muchas veces había oído a su abuela cuchichear en el patio, también la había visto santiguarse más de una vez, entonces se dio cuenta, su abuela no cuchicheaba, rezaba. Además su padre salía al patio cada noche, independientemente del tiempo que hiciera, y también hablaba solo en mitad de la oscuridad. Luego recordó a su madre en el lecho rodeada de rosas, fue atando cabos, y dedujo que siempre había estado allí mismo. 

El padre la apretó un poco más.

- ¿La abuela lo sabía? –preguntó un poco incrédulo.

- Sí, tú no eres el único que sabe guardar secretos. Supongo que no lo veía bien.

- Nunca podría haberla dejado allí, lejos, en el silencio del camposanto, bajo una losa dura y fría. Aquí al menos, está en su casa, en el jardín que ella creó.

Padre e hija guardaron silencio durante unos minutos, ambos rezaban ante aquel jardín de rosas, y bajo un cielo, que al igual que aquella noche, estaba preñado de estrellas.

UNA EXTRAÑA EN EL CAMINO



Se había levantado temprano, y después de despejarse lavándose la cara con abundante agua fría, se puso un pantalón corto y una blusa. Se calzó las zapatillas de deporte y como todos los días, caminó hasta la última casa del pueblo a buen paso. A partir de allí comenzaba su media hora corriendo de forma rítmica.
La mañana estaba fresca y al principio del trayecto sintió un poco de frío, que poco a poco fue abandonándole con el calor del ejercicio. El sol todavía bajo, llenaba el camino de luces y sombras alargadas. Y el relente de la mañana evitaba que sus pisadas levantaran el polvo del camino.
Le gustaba salir temprano, pues era cuando menos sufría su cuerpo, y el ambiente estaba más limpio. Solía correr prestando atención a todos los ruidos que se producían a su paso. La huida de algún animalillo asustado, el ladrido lejano de los perros, su propia respiración, y el sonido que producían sus zancadas al golpear la tierra bajo sus pies, parecían ayudarle a concentrarse en aquella tarea matutina, correr para luego sentirse con energía el resto del día.
Miró el reloj. Ya hacía casi media hora que corría. Su ritmo y sus pulsaciones estaban dentro de sus parámetros habituales. A penas le faltaba un kilómetro para llegar a la ermita. Allí solía parar para relajarse y repasar la jornada que tenía por delante. Se tomaba su tiempo, en aquel repaso que luego le serviría para tener organizado todo el día. Lo que no entendía, era como luego a pesar de las horas que iban pasando, podía recordar también aquella planificación que había creado al principio de la mañana.
Con aquellos pensamientos llegó hasta los muros de la ermita. Como era habitual, buscó el rincón donde resguardaba, no le gustaba enfriarse demasiado rápido. Y comenzó a construir su agenda mental.
Hacía unos minutos que había terminado, sacó su botella de la mochila y bebió agua, era otra costumbre, un trago pequeño al llegar y un buen trago para marcharse, pero antes se agachó para atarse bien el cordón de la zapatilla, hacía un rato que lo había notado un poco suelto. Cuando estaba atándolo aparecieron, en su reducido campo de visión, unas piernas. No había oído ruido, y se sobresaltó. En los varios años que llevaba corriendo hasta la ermita, nunca se había encontrado a nadie a aquellas horas. Normalmente, era al regreso por el camino, cuando se cruzaba con algún vecino.
Al levantarse y ver el rostro que tenía delante, un escalofrío recorrió su cuerpo. A pesar de su edad, era una mujer guapa, pero su tez blanca, contrastaba demasiado con sus vestiduras negras.
- Siento haberte asustado – fueron su primeras palabras.
Ella hizo un gesto con la mano como para quitarle importancia, mientras pensaba que el color de su piel se debería a alguna enfermedad.
- ¡Buenos días! No suelo encontrarme con demasiada gente en este lugar, por eso me he asustado. – dijo para quitar importancia a su sorpresa.
- Sí, a mí también me ha resultado extraño encontrar a alguien. ¿Sueles venir a menudo?
- Todos los días, salvo los fines de semana.
Se volvió hacia el poyete donde había estado sentada, y recogió su pequeña mochila. Antes de que pudiera despedirse, la mujer le peguntó si podía acompañarla de regreso al pueblo. La petición le resultó incómoda, pero trató de disimularlo y respondió afirmativamente. Caminaron los primeros metros en silencio, lentamente, hasta que la desconocida lo rompió de forma inesperada.
- Te llamas Luisa ¿Verdad?
Aquello la desconcertó más aún. ¿Cómo sabía aquella mujer su nombre? Nunca la había visto, ni siquiera de lejos. Es más no creía que fuera del pueblo.
- El pueblo es bonito ¿Verdad? –aquello le confirmó que no era de allí.
- Sí, no es muy grande y  tiene su encanto. Yo vine hace años y no me marché. Me gusta la tranquilidad, la gente sencilla. –fue su contestación.
- ¿Caminas siempre sola?
Y antes de esperar la contestación le preguntó si estaba casada. Ella a pesar de la indiscreción de la mujer, contestó con una doble afirmación.
- Pero caminas sola –volvió a insistirle.
- Sí, mi marido no es de andar. Se ha quedado en casa.
Mintió, mintió como una colegiala, y sus mejillas se sonrojaron ante aquellas palabras que salieron de su boca sin pensar. Sabía qsue él estaba lejos, lejos del pueblo y de ella. Sabía que estaría lejos para siempre, aunque volviera. Un amargor de bilis le ascendió hasta la garganta y  tuvo que detener el paso. Él se había marchado antes de salir el sol, y ahora, mientras ella mentía a una desconocida, él estaría en brazos de su amante. Estuvo a punto de decir la verdad, pero calló. Paró y bebió agua de nuevo.
La mujer había avanzado varios pasos y se detuvo también. Se giró y volvió a preguntarle:
- ¿Estás bien? No deberías beber agua.
- Sí.
Volvió a mentir. Un sabor amargo se le había instalado en el pecho y le oprimía cortándole la respiración. La mujer se acercó al ribazo y cortó una amapola. Retrocedió y se la ofreció.
- ¿Por qué me la das? – preguntó.
La mujer la miró fijamente. Sintió frío ante aquella mirada y apartó los ojos
- Si no te gusta tírala –fueron sus palabras y comenzó a caminar.
Ella avergonzada, la siguió hasta alcanzarla. Llegaron a lo alto del camino. Desde  allí, las paredes de algunas casas blanqueaban por la luz del sol que comenzaba a tomar altura en el cielo. De nuevo sintió presión en el pecho. Apenas si podía respirar y volvió a detenerse.
- No llegarás al pueblo –fueron sus siguientes palabras.
Ella, a pesar de estar doblada por el intenso dolor, levantó la vista y la miró extrañada.
- Todavía no te has dado cuenta de que te mueres.
Aquellas palabras y el dolor insoportable hicieron que tuviera que sentarse en mitad del camino. La mujer se colocó delante evitando que los rayos de sol le molestaran, pues ya comenzaban a calentar, pero guardó silencio. Cuando recuperó las fuerzas, le preguntó por qué había dicho aquello, pero tampoco obtuvo respuesta. Solo pasados unos largos minutos, le extendió la mano y dijo:
- Vamos, continuemos el camino, aún puedes acercarte un poco más al pueblo.
Aceptó su ayuda e intentó no darle importancia a aquellas palabras desagradables. Poco a poco la distancia hasta el pueblo se iba acortando. A penas un kilómetro les separaba de las primeras casas, cuando el dolor volvió a dejarla sin respiración, y tuvo que apoyarse en la extraña.
- ¿Aún no lo entiendes?
- ¿Qué es lo que no entiendo? –a duras penas consiguió preguntar.
- Ese dolor que te oprime, que te asfixia. Estás envenenada.
-¿Qué? –se oyó preguntar, mientras se nublaba su vista y sus sentidos.
Cuando volvió a recuperarse, la mujer estaba sentada en una piedra y ella estaba recostada en el ribazo.
- ¿Sabes? No solo está con ella. Esta noche, cuando dormías, él lo ha preparado todo. No ha sido difícil, eres muy previsible. Sabía que como todos los días saldrías a correr, y llevarías tu bidón de agua. Lo ha planeado junto a ella durante semanas. No ha dejado rastro. Cuando te hagan la autopsia, ninguna sustancia extraña aparecerá en los resultados. La muerte será por infarto. Ya sabes, por el ejercicio.
Ella sintió de un nuevo el dolor en el pecho, pero tal vez ya no fuera por el mismo motivo. Siempre había tenido la esperanza de que aquello solo fuera una aventura, que no tardaría en volver a su lado.
 - Te ofrezco una oportunidad –le dijo levantándose- Si coges mi mano te ayudaré a vengarte.
- ¿Vengarme?
- Sí, puedes vivir unas hora más. Coge mi mano y podrás llegar al pueblo. No te puedo salvar, pero puedes falsear las pruebas envenenando el agua y tu cuerpo con el veneno para ratas que el compró hace unos días. Tú morirás, pero él no saldrá impune. Coge mi mano –repitió, esta vez con más ímpetu.
Pero ella, llevó su mano a su corazón. No para aplacar el dolor,  si no queriendo sentir aquel amor que todavía existía dentro, a pesar de no ser correspondido. Poco a poco sus ojos comenzaron a cerrarse. Ante ella, vestida de negro y apoyada en su guadaña estaba la Muerte.

LA MUJER DEL PARQUE



Como siempre, el temor de no encontrarla al dar la vuelta al seto, le invadió de inseguridad, pero esta desapareció inmediatamente al verla sentada en el banco. Su estado de ánimo cambio, e incluso sus pasos se aceleraron poco a poco, pero su satisfacción solo fue total cuando, desde la distancia, la reconoció. Siempre albergaba la pequeña duda de que no fuera ella.

Ahora, disminuyó sus pasos y se fue acercando despacio, relajando su respiración, disfrutando de la tranquilidad que se reflejaba en el rostro de la mujer. Al llegar, se descubrió la cabeza y tomó asiento, después de dejar el sombrero a un lado, puso la mano sobre la de la mujer y comenzó a hablarle.

Cuánto tiempo llevaba haciendo aquel ritual, meses, años... no lo tenía claro, su edad se lo impedía, pero recordaba la primera vez que la vio, como si hubiera sido aquella misma mañana. Estaba allí sentada, con la mirada perdida, y él se quedó un buen rato observándola, hasta que decidió sentarse a su lado. Los primeros días, el tema de la conversación solía ser el tiempo: “parece que va a llover”, “¡Qué día tan bueno hace!”… había días que no se atrevía a sentarse a su lado. Esos días, utilizaba el otro camino, y elegía un banco más alejado. Desde allí, ensimismado la observaba, sin atreverse a acercarse. Luego poco a poco, sus encuentros fueron a más, hasta que se convirtieron en habituales y diarios. También los temas dejaron de ser superficiales para hacerse más interesantes, más intensos. Él comenzó a hablarle de sus gustos, de sus aficiones, de lo que había hecho a lo largo de su vida y de lo que le gustaría hacer en un tiempo próximo. 

Aquella amistad, que había comenzado un simple día en un banco de piedra del parque, había ido creciendo, y ahora… él no sería capaz de pasar un día sin su compañía, sin aquellas charlas que en un principio solían ser de pocos minutos, pero que ahora duraban varias horas. Cuando estaban juntos, el tiempo parecía ir mucho más deprisa, parecía que acababa de llegar y ya era hora de volver a casa.

Nunca se hubiera imaginado sentir tanto por otra persona, que no fueran sus padres, su esposa o sus hijos, pero allí estaba día tras día, al lado de una mujer que en realidad era una extraña. Su vida dejaría de tener sentido, si no fuera por aquellos momentos en el parque, momentos que podían ser felices o tristes, dependiendo del tema de la charla, de su estado de ánimo, de sus recuerdos… Desde que su mujer se fue, no había encontrado nadie con quien compartir aquellos momentos de su vida, lo intentó con sus hijos, pero ellos tenían sus propias vidas, sus problemas… además estaba la distancia, sus hijos vivían en otras ciudades. Lo intentó con sus amigos, e incluso buscó amistades nuevas, pero a esa edad, los amigos prefieren contar sus historias, sus sueños, sus deseos, antes que escuchar los de los demás. Pero ella le dejaba hablar, ella le sabía escuchar. Ni siquiera se enfadaba cuando le hablaba de su mujer o sus hijos, algo que a otras mujeres les hubiera irritado.

Como cada día, al levantarse, mientras que se preparaba el desayuno, había ido buscando el tema de conversación. Lo hacía desde algún tiempo, así no tenía que improvisar y le ayudaba a no repetir demasiado. Buscaba algo que fuera interesante, animado, divertido las mayoría de las veces. Sí, hoy le hablaría de cuando era pequeño, de sus gustos de niño y sus juegos, le contaría alguna anécdota de entonces. Últimamente, le resultaba más fácil hablar de recuerdos lejanos en el tiempo, lo próximo, lo cercano, a veces le resultaba imposible de recordar, había momentos, que el día anterior, parecía como si no hubiera existido. Pero ella no le daba importancia, lo escuchaba  sin dejar de prestar atención.

Sí, hoy le hablaría, de cómo era su infancia en aquel pequeño pueblo, donde la vida transcurría de forma sencilla, poco a poco, sin grandes variaciones, que no fueran el nacimiento de un nuevo vecino o la muerte de algún otro. Donde los cambios de estación eran importantes y por eso se celebraban con actos especiales. Le hablaría de los juegos que le gustaban, y como pasaba horas y más horas jugando en la calle, la calle donde nació y en la que no le importaría morir, si no fuera porque eso supondría no estar cerca de ella.

- Señor, señor, tenemos que llevárnosla.

Al principio no entendió que le decían, pensó que no le hablaban a él. Solo cuando vio a aquellos dos hombres vestidos igual, venir en su dirección, comprendió que se dirigían a él.

- ¿Me dicen a mí? –preguntó mirando un poco a cada lado, como para salir de dudas.

- Si señor, tiene que levantarse.

Él seguía sin comprender porque le hablaban. Normalmente, la gente les miraba al pasar por el sendero, unas veces con disimulo, otras con más descaro, pero solían seguir su camino, solo algún niño curioso, o que buscaba su pelota, se había atrevido a acercarse junto al banco, y al poco tiempo perdían su interés y volvían a sus juegos. Al principio le daba cierta importancia a lo que pudieran decir, como si aquella relación no fuera lícita, pero con el paso del tiempo dejaron de importarle las miradas, e incluso los cuchicheos. Pero aquellos dos operarios seguían allí a pocos pasos, y le habían dicho que tenía que levantarse.

- Me gusta estar aquí sentado –dijo como para persuadirlos.

-Lo sentimos señor, pero nos la tememos que llevar.

- ¿Cómo? Preguntó él extrañado.

Los hombres se miraron entre si sorprendidos.

- Nos han dado la orden de que la traslademos a otro lugar.

Él se levantó perplejo, por supuesto que más de una vez había pensado que podía llegar al banco y que ella no estuviera, pero con el tiempo aquella idea fue desapareciendo. Y ahora aquellos dos hombres pretendían llevársela, aquello no podía ser.

-Pero, ¿Por qué? 

Sus labios habían comenzado a temblar, incluso antes de pronunciar aquellas palabras. Uno de los hombres se acercó hasta él y le puso la mano en el hombro antes de decir:

- Nosotros no lo sabemos, solo nos han dicho que ya no puede estar aquí, que hemos de llevárnosla.

Poco a poco él se fue retirando, no sabía si volverse a mirarla o comenzar a alejarse sin más. De pronto, notó que alguien le cogía el brazo.

- Señor, se deja el sombrero –le dijo el otro hombre.

Su mano comenzó a temblar cuando fue a cogerlo.

- ¿Dónde la llevan? –fue capaz de preguntar con la voz quebrada.

- Nos han dicho que la llevemos al Parque del Oeste, su nueva ubicación.

- Al Parque del Oeste –repitió él –eso es al otro lado de la ciudad, yo no podré ir hasta allí para verla.

- Señor, ¿acaso la esculpió usted? –oyó que le preguntaba uno de los hombres.

- No, yo solo le hacia compañía –dijo sin volverse.

Las lágrimas, que momentos antes inundaban sus ojos, ahora se deslizaban por sus mejillas, Con rabia, se quitó las gafas y las secó. Aturdido llegó al camino, dudó por un instante y giró la cabeza. Los hombres la estaban cubriendo con una lona, por la otra parte del camino se acercaba un pequeño camión con una grúa. Siguió caminando, ya no fue capaz de volverse a mirar otra vez.

ENCUENTRO EN EL BOSQUE


Imagen obtenida de https://www.freejpg.com.ar/


Estoy seguro de que muchos de vosotros no me creeréis. A mí, me pasaría lo mismo, no os lo voy a reprochar. Yo todavía lo dudo a veces, pero entonces vuelvo al lugar para estar seguro de que por más que sea inverosímil, fue cierto. Quizás, a alguno también os haya pasado algo parecido, y entonces, a pesar de no haberlo entendido, tendréis la certeza de que ocurrió.

Aquel día, yo estaba harto de estar en casa encerrado. Tele, sofá, nevera, sofá tele… sin pensarlo, dejé el teléfono y las llaves del coche sobre la mesa, y sin más salí por la puerta decidido a pasar tarde en el campo. Había hecho el mismo recorrido muchas veces cuando todavía era un chaval, pero ahora aquellos caminos me parecían más estrechos, los ribazos menos pronunciados, y por supuesto el trayecto más agotador. Al llegar a la sierra, dejé el camino y me adentré en el cauce del río seco. Era el trayecto más corto para llegar hasta la ladera donde se encontraba la cueva.

Nunca sabré porque decidí ir aquel lugar, tal vez fuera el propio destino el que me llevara hasta allí. Al llegar noté que las matas de carrasca eran mucho más abundantes y frondosas que antaño. Comencé a ascender y noté en las piernas el cansancio y la inseguridad que dan los años. De niño, nunca temí poner el pie en un lugar u otro, solo pensaba en alcanzar la  entrada de la cueva. Antes de entrar, decidí esperar a recuperar el resuello y descansar. Dentro el frescor me enfriaría demasiado deprisa el sudor de la subida, y me daba miedo resfriarme.

La oquedad apenas había cambiado, si noté que las dimensiones me resultaban más pequeñas. Había algunos restos de visitantes descuidados, y lamenté la poca consideración que algunas personas tienen hacia estos lugares. Después de dirigir la mirada a cada rincón del habitáculo lo abandoné y proseguí el ascenso hacia la cima del cerro.

Tuve que volver a descansar al llegar a lo más alto, y busqué una buena mojonera para hacerlo. Desde mi posición elevada, fui observando toda la extensión de terreno ante mí. A pesar de parecer que estaba justo delante, sabía que salvo a mi espalda, si quería caminar por aquellos parajes cubiertos de matorrales y algún que otro pino, primero tendría que salvar el desnivel encajonado del río. He dicho río, pero todos sabemos que casi nunca lleva agua. Y que cuando la lleva es porque, una tormenta pasajera está descargando las nubes sobre él.

Allí sentando, me sentí incómodo por primera vez. Quizás, hubiera notado algo durante la subida, pero pensé que era el cansancio. Abandoné el lugar con aquella sensación desagradable, y comencé a desplazarme a lo largo de la ladera  para buscar la única salida natural del cerro. Contrariamente a lo que hubiera sido lógico, continué hacia el norte, el camino de regreso sería cada vez más largo.

La extraña sensación no desaparecía, más bien iba en aumento, pero yo seguía impasible adentrándome en el bosque. Fue después de un buen trecho, cuando escuche el sonido  común de un ave, elevé la vista para localizarla, sin disminuir el paso. Noté un tirón en el pie, y un grito salió de mi garganta. El mundo a mi alrededor comenzó a dar la vuelta, y mi cabeza golpeó contra el suelo. Poco a poco me fui apoyando en el tronco de un árbol. Mi pie se había trabado en una raíz, pero no me dolía; sin embargo, la mejilla derecha me quemaba, con cuidado acerqué mi mano, e inmediatamente, noté la humedad de la sangre. Saqué el pañuelo del bolsillo y presioné la herida para evitar que continuara sangrando. Decidí tomarme mi tiempo y me quedé recostado sobre el tronco de un árbol. El dolor sobre mi rostro, me hizo recapacitar sobre lo que hubiera pasado si me hubiera golpeado más fuerte o de otra forma.

Al cabo de unos minutos, cuando me encontré más relajado, me levanté y reanudé mi camino. Ahora, procuraba no levantar demasiado la vista del suelo. De nuevo una sensación extraña volvió a incomodarme. Paré y giré sobre mí mismo, el ambiente había enrarecido, los sonidos, el aroma… antes familiares, ahora me resultaban lejanos, desconocidos. Con aquella sensación de desconcierto continué caminando. Fue entonces, cuando ante mis ojos apareció algo inexplicable, que me hizo parar bruscamente. Luego noté un ligero escozor en el pecho. Aquello era un sin sentido, ante mí había una persona vestida de pieles de pies a cabeza, que me amenazaba empuñando su lanza contra mi pecho. Me quedé paralizado, pero al dirigir mi mirada hacia aquel individuo, también descubrí miedo en su rostro. Como si sus ojos no comprendieran tampoco lo que veía. Poco a poco su arma fue disminuyendo la presión. La mano que tenía libre se dirigió a mi mejilla y tocó mi herida, luego la dirigió a la suya. Él, también tenía un fuerte golpe que todavía sangraba levemente. Pero aquello no fue lo que más llamó mi atención. Si no hubiera sido por la suciedad que aquel hombre llevaba en su barba, yo hubiera pensado que su rostro era el que mi espejo reflejaba unos días antes, cuando yo todavía conservaba la mía. Después de unos segundos, el individuo meneó la cabeza y giró sobre sí mismo alejándose. Yo seguí sin moverme hasta que desapareció entre la vegetación.

Sí, ya sé que parece ilógico, y pensé que aquello era producto del golpe, hasta que llegué a casa y comencé a limpiarme la herida de la cara, entonces lo tuve claro. No sé cómo ni por qué, pero aquel día tuve delante y a punto de matarme, a mí mismo, solo que en otra dimensión, en otro tiempo. Pensaréis que estoy loco, que soy un farsante, me da igual, no necesito que nadie de por cierta mi historia. Yo, cuando me asaltan las dudas, vuelvo a aquel lugar, y para asegurarme, paso mi dedo por la pequeña cicatriz que su arma dejó en la piel de mi pecho.

LA CHICA DE AYER


Suenan en la radio los acordes, la música llena la habitación. Me levanto y voy hacia la ventana, la calle está desierta. Las farolas apenas  marcan unos círculos luminosos sobre el asfalto.

Me asomo a la ventana eres la chica de ayer

Las palabras de la canción vuelven a llenar la habitación, quizá sea eso lo que me ha hecho asomarme. Sobre la oscuridad del cristal, su cara comienza a aparecer como si fuera un espectro, un bonito espectro. Su imagen va desdibujando mi propio reflejo, ahora solo está ella ante mí. Detrás del cristal solo hay oscuridad.

Me asomo a la ventana eres la chica de ayer

La canción habla de la chica de ayer. Yo tengo que calcular cuánto tiempo ha pasado. No logro saberlo. Sus ojos me miran a través de su negrura y me veo ajado, pero ella no ha envejecido, su piel morena, su melena cayendo sobres sus hombros, como una cascada de infinitos bucles. Una sonrisa, apenas dibujada en sus carnosos labios. Tan real que de pronto me encuentro refrenando mis absurdos deseos de besar el frío cristal. Sé, que solo es una creación de mi imaginación, pero parece tan real.

La canción sigue sonando en el dial, pero yo ya no comprendo su lenguaje. Todo dentro y fuera parece haberse disuelto alrededor de nosotros. Ella irreal, dibujada cual holograma en el cristal, yo, como un fantasma sin reflejo, observándola.

¿Qué nos pasó? Ella parecía tan feliz. Yo lo era. Un sueño, una ilusión, mil proyectos llenaban nuestro mundo. Nuestro y solo nuestro. El resto no importaba. Castillos que creíamos sólidos, se convirtieron en arena. Nuestro cielo, desde el que mirábamos a los demás pasar, se hundió bajo nuestros pies. Y caímos. Caímos miserablemente heridos, rotos, separados.

Eso fue lo peor, que no supimos luchar y aferrarnos el uno al otro. Que no supimos ir apartando el escombro que nos separaba. No fuimos los primeros, pero otros lucharon contra las inclemencias. No logramos salvar el barco. Naufragamos, pero ni siquiera nos mantuvimos a flote sobre el mismo madero. Cada uno buscó sobrevivir en su propia isla. Aislado del otro, sin intentar siquiera pedir socorro.

No sé si a ella le pasará lo mismo. El tiempo lo fue borrando todo: la rabia, el odio, la incomprensión. El poso del amor, de ese gran amor que hubo. Todo fue desapareciendo, hasta la  culpa, esa que ninguno de los dos asumió como propia. Pero que ahora, desde la distancia, fue tan mía como suya. Al menos eso pienso yo.

A veces, hace ya tiempo, intenté imaginarme que habría pasado, si los dos, o al menos, uno de nosotros, hubiera intentado acercarse al otro. Estirar el brazo ofreciendo ayuda o demandándola. Pero eso no ocurrió.

Al principio, fueron un amigo o dos sentados entre nosotros, luego todo el grupo. El último en llegar, buscaba el hueco más alejado del otro. Terminamos en grupos separados.

Un día al  volver a casa, sus cosas, aquellas que poco a poco había ido dejando o trayendo, no estaban. Si he de ser sincero, fue un alivio, un crudo y duro alivio. Su visión, su aroma, llegaron  a ser incómodas. Lo doloroso fue no encontrar ni siquiera una pequeña nota de despedida. Un adiós, un… lo siento, me hubiera gustado una explicación, encontrarle sentido a lo que no lo tenía. Luego pensé en mí. Yo, habría hecho lo mismo. Puede que por mi cobardía, ni siquiera hubiera sido capaz de llevarme lo mío.

¿Dónde está? Sé, que la imagen que veo ante mí, es un simple espejismo, y me gustaría saber qué ha sido de ella. Cómo fue su vida a partir de entonces. Me ha olvidado totalmente, o quizá, al igual que a mí, de vez en cuando, una canción le hace recordarme.

¿Ha sido feliz? He de decir que… al principio mi egoísmo, me hacía desear lo contrario. Ahora, me gustaría que ella, al menos ella, haya sido feliz. No es justo desearle el mal. Como he dicho antes, ni siquiera ahora comprendo qué nos pasó.

“demasiado tarde para comprender”

Quizá, como dice la canción, sea demasiado tarde para comprender, para saber, para buscarla… pero si supiera dónde está, ahora no dudaría, iría allí donde estuviera, y todo lo que me guardé, aquello que no dije porque pensaba que ella no lo quería escuchar, no me lo guardaría. Pienso que aquel silencio fue corrompiendo nuestro tiempo, dejando solo momentos vacíos, inútiles. Más de una vez nos miramos, esperando que uno de los dos rompiera aquel maldito silencio, hasta que se nos hacía imposible seguir mirándonos. Entonces, uno de los dos, miraba hacia otro lado.

¿Y su imagen? Habrá cambiado. Seguro, nadie después de tanto tiempo, puede tener el mismo aspecto. Pero me gustaría saber si sus ojos siguen teniendo esa alegría que yo veo en los del cristal, o seguirán apagados, como la última vez que nos miramos para no decirnos nada.

¿Y su pelo? Seguirá siendo de color azabache, o tal vez, al igual que el mío, haya ido adquiriendo tonos grises. Habrá llenado el tiempo su tez de las marcas de la edad, o tal vez, a pesar de los años, sigue siendo tersa y limpia como entonces.

Miento si dijera, que no hubo más mujeres en mi vida. Mujeres, que pasaron por mi vida sin dejar huella. Amor… no fui capaz de darle a ninguna. No recuerdo sus nombres, no recuerdo sus ojos, ni sus manos. Sus manos… las de la chica de ayer, al igual que entonces, esas siguen acariciándome en mis sueños más íntimos. Quizá, por eso sigo solo, como un perro viejo. Abandonado y solo, mirando al cristal de mi ventana, donde mi imaginación sigue viéndola a ella, a pesar, de no saber cuánto tiempo significa ayer.

Hoy ha sido la canción de Nacha Pop, mañana… no sé qué me traerá su recuerdo. Hace unos días, caminando por el centro, creí verla unos metros delante de mí. No había duda, era ella. Era ella hasta que dije su nombre y se volvió con cara extrañada, sin comprender qué le decía. Días antes, en una exposición, busqué desesperadamente al artista. Quería que me dijera la dirección de la modelo de uno de sus cuadros. Mi ilusión se vino abajo cuando, me explicó que era una amiga, la había conocido en Italia, me dijo su nombre, pero no me acuerdo. Volví al cuadro, y entonces noté las diferencias. Había vuelto a equivocarme. Otras veces ha sido tras la cristalera de un café, sentada en una mesa con amigas o… sola leyendo un periódico.

Entonces, cuando nos separamos, cuando todavía podíamos haber salvado lo nuestro, no mostré interés, no luché por ella. Ahora, que es demasiado tarde, daría todo por volver a tenerla.